...
Concluyeron este domingo los juegos deportivos que celebraron la vigésima novena olimpíada de la era moderna en Pekín, China.
Como cada cuatro años, quienes gustamos del deporte (así sea no más para verlo) disfrutamos del grandioso espectáculo del esfuerzo y la determinación humanas en la búsqueda de un objetivo. Atletas que no entienden de derrotas a manos de sí mismos, capaces de llevar su cuerpo por encima de su propia fortaleza, para derrumbarse exhaustos, desfallecientes, fuera de sí, una vez que han llegado a la meta.
Usain Bolt y Michael Phelps han sido las grandes figuras. Prefiero al primero, aunque el segundo haya ganado un mayor número de medallas.
Phelps es un fenómeno, posiblemente el mejor nadador que haya visto el mundo. Si fuera un país, sus ocho preseas de oro lo hubieran colocado en el décimo lugar del medallero general, pero lo veo como el resultado de una ciencia para ricos.
En cambio, al jamaiquino Bolt lo me parece un desfachatado portento que puede convertirse en una auténtica leyenda del deporte. La imagen de su puño golpeando el pecho mientras sus espectaculares zancadas disminuían el ritmo a metros de la meta y aun así romper el récord del mundo en la más veloz de las pruebas, ha sido una de las más pasmosas demostraciones de poderío que se hayan visto en una pista de atletismo.
Jamaica ha trabajado en serio en las pruebas de pista. La isla se colocó en el lugar 13 de medallero con seis de oro, tres de plata y dos de bronce.
México, un desastre. Lugar 34 general, el peor de entre los paises que han organizado unos juegos. No critico a los atletas, fueron los mejores que tenemos y quienes triunfaron deben llevarse el aplauso sólo para ellos, sin regates ni embustes. Se lo han ganado a pulso. Un ¡bravo! para cada uno.
La cifra que retrata y explica las cosas no deja lugar a dudas de porqué estamos como estamos: de cada cinco pesos que se dan al deporte, nada más que uno llega al deportista. Así no se puede.
Post scriptum fuera de concurso: El nombre tradicional en español para designar a la capital de China es Pekín. El nombre Beijing es resultado de la trascripción de los caracteres chinos al alfabeto latino según el sistema "pinyin" ... se recomienda usar en nuestro idioma el nombre tradicional español (según el Diccionario panhispánico de dudas, aunque al parecer en nuestro país nadie tuvo duda de que Pekín se dice Beijing)
lunes, 25 de agosto de 2008
miércoles, 6 de agosto de 2008
Seis de agosto
...
En 1969, durante un simposio efectuado en Estocolmo con motivo de los premios Nobel, el filósofo Arthur Koestler (1905-1983) dictó una conferencia.
El material de ella, así como posteriores añadidos dieron por resultado el capítulo que inaugura la cuarta parte de su libro “En busca de lo absoluto”, el cual es considerado, conjuntamente con su antecesor “En busca de la utopía” como el testamento intelectual de este pensador húngaro de nacimiento, judío por origen y nacionalizado inglés, quien fue historiador, activista, ensayista y novelista -además de filósofo-.
Regresando al libro, dicha cuarta parte es titulada “La pulsión autodestructiva” y en el inicio del capítulo 17, dice:
“Si me pidieran que nombrase la fecha más importante de la raza humana, contestaría sin vacilar: el seis de agosto de 1945. La razón es muy simple. Desde la aurora de la conciencia hasta el 6 de agosto de 1945, el hombre tenía que vivir con la perspectiva de su muerte como individuo; desde ese día, en que la primera bomba atómica eclipsó el sol sobre Hiroshima, la humanidad en conjunto ha tenido que vivir con la perspectiva de su extinción en cuanto a especie.
Nos han enseñado a aceptar la transitoriedad de la existencia personal, pero damos por sentada la inmortalidad potencial de la raza humana. Esta creencia ha perdido validez. Tenemos que revisar nuestros axiomas.”
Por diferentes motivos, pero parece que esta perspectiva desde entonces ha perseguido nuestra especie. Lo nuclear, las epidemias, el calentamiento global.
Hay quien lo sabe y lo vive, hay quien lo ignora y sobrevive, hay quien lo sabe y le vale, habrá quien lo ignore y lo pague.
Pero sin importar qué, quienes amamos la vida y la conciencia de la misma, apostamos a pensar que este zoo humano seguirá, a pesar de sí mismo; aunque bien podríamos darnos una ayudadita, dejando de cometer tanta tontería.
En 1969, durante un simposio efectuado en Estocolmo con motivo de los premios Nobel, el filósofo Arthur Koestler (1905-1983) dictó una conferencia.
El material de ella, así como posteriores añadidos dieron por resultado el capítulo que inaugura la cuarta parte de su libro “En busca de lo absoluto”, el cual es considerado, conjuntamente con su antecesor “En busca de la utopía” como el testamento intelectual de este pensador húngaro de nacimiento, judío por origen y nacionalizado inglés, quien fue historiador, activista, ensayista y novelista -además de filósofo-.
Regresando al libro, dicha cuarta parte es titulada “La pulsión autodestructiva” y en el inicio del capítulo 17, dice:
“Si me pidieran que nombrase la fecha más importante de la raza humana, contestaría sin vacilar: el seis de agosto de 1945. La razón es muy simple. Desde la aurora de la conciencia hasta el 6 de agosto de 1945, el hombre tenía que vivir con la perspectiva de su muerte como individuo; desde ese día, en que la primera bomba atómica eclipsó el sol sobre Hiroshima, la humanidad en conjunto ha tenido que vivir con la perspectiva de su extinción en cuanto a especie.
Nos han enseñado a aceptar la transitoriedad de la existencia personal, pero damos por sentada la inmortalidad potencial de la raza humana. Esta creencia ha perdido validez. Tenemos que revisar nuestros axiomas.”
Por diferentes motivos, pero parece que esta perspectiva desde entonces ha perseguido nuestra especie. Lo nuclear, las epidemias, el calentamiento global.
Hay quien lo sabe y lo vive, hay quien lo ignora y sobrevive, hay quien lo sabe y le vale, habrá quien lo ignore y lo pague.
Pero sin importar qué, quienes amamos la vida y la conciencia de la misma, apostamos a pensar que este zoo humano seguirá, a pesar de sí mismo; aunque bien podríamos darnos una ayudadita, dejando de cometer tanta tontería.
jueves, 24 de julio de 2008
Una pestañita
...
Cuesta pensar que la semana termine.
Estoy tan cansado que me da lo mismo saber que sea viernes o lunes lo que ha de venir mañana. Nada pido más allá de unas horas de profundo sueño.
El libro que compré el fin de semana pasado (el primero libre en meses) sólo muestra un raquítico avance.
¿Qué más tienen que decir Abelardo y Heloísa?
Abelardo fue uno de los más prestigiosos y brillantes maestros que vio el París medieval.
Heloísa una inteligente y bella mujer a quien le fue dado estudiar. Abelardo fue su maestro.
Ambos se enamoraron, los dos sufrieron. Fue un amor desgraciado.
En el trabajo, las urgencias no piden ni dan cuartel. Imponen su ilógica dinámica y su demandante forma de resolverse, lo mismo en un feliz minuto que en agónicas semanas.
No me quejo, me gusta lo que hago. Aunque hoy pido esquina.
Pero de aquellos seres, me espera la lectura de su correspondencia, me ha esperado casi novecientos años. Que me espere un poco más. Sólo hasta mañana.
Cuesta pensar que la semana termine.
Estoy tan cansado que me da lo mismo saber que sea viernes o lunes lo que ha de venir mañana. Nada pido más allá de unas horas de profundo sueño.
El libro que compré el fin de semana pasado (el primero libre en meses) sólo muestra un raquítico avance.
¿Qué más tienen que decir Abelardo y Heloísa?
Abelardo fue uno de los más prestigiosos y brillantes maestros que vio el París medieval.
Heloísa una inteligente y bella mujer a quien le fue dado estudiar. Abelardo fue su maestro.
Ambos se enamoraron, los dos sufrieron. Fue un amor desgraciado.
En el trabajo, las urgencias no piden ni dan cuartel. Imponen su ilógica dinámica y su demandante forma de resolverse, lo mismo en un feliz minuto que en agónicas semanas.
No me quejo, me gusta lo que hago. Aunque hoy pido esquina.
Pero de aquellos seres, me espera la lectura de su correspondencia, me ha esperado casi novecientos años. Que me espere un poco más. Sólo hasta mañana.
martes, 22 de julio de 2008
Tiempo de letras
Hace ya tiempo que no me acerco a este espacio
Razones o sin razones hay de todo tipo y calibre. Baste con decir que todas o ninguna valen para ello.
En fin, el asunto es que espero retomar y regularizar estas líneas esta misma semana.
Recibe un saludo cordial.
Razones o sin razones hay de todo tipo y calibre. Baste con decir que todas o ninguna valen para ello.
En fin, el asunto es que espero retomar y regularizar estas líneas esta misma semana.
Recibe un saludo cordial.
martes, 27 de mayo de 2008
Barbas tienes...
...
Mi padre era un caso especial respecto a la tecnología. Le costaba adaptarse.
Recuerdo cómo insistentemente sus amigos le urgían a modernizar el automóvil, la televisión o cualquier otro de cachivache por el estilo. Le daba risa.
En casa, era todo un caso el de la televisión. Siempre teníamos un modelo con ya varios años de servicio, excepto cuando surgió una empresa de telerenta, la cual por una cuota mensual alquilaba el aparato y, en caso de descompostura, lo sustituía por otro el mismo día. Un buen servicio. Pero ocurrió que la empresa cerró y adiós a la tele.
Compró entonces mi padre una tele de color (teníamos una en blanco y negro).
Al paso del tiempo y a fuerza del uso, ocurrió un curioso fenómeno: la tele de color se convirtió en una de blanco y negro, mientras que la de blanco y negro quedó degradada a radio, pues perdió la imagen.
Huelga decir que ambas tenían controles manuales, pues a mi padre le parecía innecesario el control remoto teniendo cuatro hijos a los que podía indicar que cambiaran de canal, subir o bajar el volumen, ajustar la pantalla, etc. El servicio de cable llegó hasta que pudimos costearlo los hijos y con él, el bendito control remoto, al que, por supuesto, luego mi Jefe se hizo adicto.
Por ello me resultaba muy curioso que en materia de afeitado mi Papá siempre estuviera dispuesto a intentarlo todo.
Cuando yo era niño lo recuerdo con la máquina Gillette de una sola hoja, la cual se fijaba al cabezal mediante un mecanismo de tornillo, luego salió al mercado la de hojas gemelas, la cual adquirió de inmediato; vino la de cabeza móvil y para luego es tarde la adquirió; en cuanto llegó la de tres hojas, tampoco lo pensó demasiado: a los pocos días ya estaba lista en su lavabo. A lo que no renunció fue a enjabonarse la cara con brocha de cerdas naturales y a ponerse esos “after shave” a base de alcohol que podían hacer derramar lágrimas al más bragado de los hombres al aplicarla generosamente en el rostro luego de una afeitada realmente al ras. Eso sí, dejaban la cara con la tersura, suavidad y lozanía sólo equiparables con la de una candorosa colegiala.
Tenía una máquina eléctrica de afeitar, pero nunca le tomó gustó (Con ese armatoste conseguí la difícilmente igualable hazaña de cortarme mientras me rasuraba).
Cuando mi Jefe ya estaba enfermo y le costaba el afeitado, mi hermano le obsequió un modelo más moderno (no mucho, sólo unos 30 años). Aunque agradeció el gesto y la utilizó, no creo que haya sido de su completo agrado. Cuando podía se afeitaba con jabón y rastrillo.
Y, ¿a qué viene esto? Bueno, recién me compré un nuevo rastrillo de afeitar. Viene con tres hojas en paralelo, mecanismo flotante, cabeza móvil, banda lubricante hidrosoluble, franja de hule estriado, mango antiderrapante, diseño aerodinámico, “look” deportivo y está equipada con mecanismo emisor de “micro vibraciones”. Me cai que le hubiera encantado.
Mi padre era un caso especial respecto a la tecnología. Le costaba adaptarse.
Recuerdo cómo insistentemente sus amigos le urgían a modernizar el automóvil, la televisión o cualquier otro de cachivache por el estilo. Le daba risa.
En casa, era todo un caso el de la televisión. Siempre teníamos un modelo con ya varios años de servicio, excepto cuando surgió una empresa de telerenta, la cual por una cuota mensual alquilaba el aparato y, en caso de descompostura, lo sustituía por otro el mismo día. Un buen servicio. Pero ocurrió que la empresa cerró y adiós a la tele.
Compró entonces mi padre una tele de color (teníamos una en blanco y negro).
Al paso del tiempo y a fuerza del uso, ocurrió un curioso fenómeno: la tele de color se convirtió en una de blanco y negro, mientras que la de blanco y negro quedó degradada a radio, pues perdió la imagen.
Huelga decir que ambas tenían controles manuales, pues a mi padre le parecía innecesario el control remoto teniendo cuatro hijos a los que podía indicar que cambiaran de canal, subir o bajar el volumen, ajustar la pantalla, etc. El servicio de cable llegó hasta que pudimos costearlo los hijos y con él, el bendito control remoto, al que, por supuesto, luego mi Jefe se hizo adicto.
Por ello me resultaba muy curioso que en materia de afeitado mi Papá siempre estuviera dispuesto a intentarlo todo.
Cuando yo era niño lo recuerdo con la máquina Gillette de una sola hoja, la cual se fijaba al cabezal mediante un mecanismo de tornillo, luego salió al mercado la de hojas gemelas, la cual adquirió de inmediato; vino la de cabeza móvil y para luego es tarde la adquirió; en cuanto llegó la de tres hojas, tampoco lo pensó demasiado: a los pocos días ya estaba lista en su lavabo. A lo que no renunció fue a enjabonarse la cara con brocha de cerdas naturales y a ponerse esos “after shave” a base de alcohol que podían hacer derramar lágrimas al más bragado de los hombres al aplicarla generosamente en el rostro luego de una afeitada realmente al ras. Eso sí, dejaban la cara con la tersura, suavidad y lozanía sólo equiparables con la de una candorosa colegiala.
Tenía una máquina eléctrica de afeitar, pero nunca le tomó gustó (Con ese armatoste conseguí la difícilmente igualable hazaña de cortarme mientras me rasuraba).
Cuando mi Jefe ya estaba enfermo y le costaba el afeitado, mi hermano le obsequió un modelo más moderno (no mucho, sólo unos 30 años). Aunque agradeció el gesto y la utilizó, no creo que haya sido de su completo agrado. Cuando podía se afeitaba con jabón y rastrillo.
Y, ¿a qué viene esto? Bueno, recién me compré un nuevo rastrillo de afeitar. Viene con tres hojas en paralelo, mecanismo flotante, cabeza móvil, banda lubricante hidrosoluble, franja de hule estriado, mango antiderrapante, diseño aerodinámico, “look” deportivo y está equipada con mecanismo emisor de “micro vibraciones”. Me cai que le hubiera encantado.
lunes, 19 de mayo de 2008
Ni soñado…
…
Hace ya tiempo que ciertos eventos me preocupan. Son muchos los días sin encontrar cómo solucionarlos. De la frialdad a la cortesía, de la mano izquierda a la derecha, de la franqueza al disimulo, de la razón a la emoción. No hay modo y sin embargo, me he empeñado, pensando que he de hallar el modo de arreglarlo todo. Hasta hoy.
La meridiana claridad llegó durante la noche. Dormí, soñé y comprendí.
En mi sueño, me encuentro en una casa con varios cuartos, en apariencia algunos son una especie de consultorios, pero hay también otros más hogareños; además, veo una sala de estar amplia, cómoda y decorada como para una acogedora reunión de familia. Recorro la casa sin prisas curioseando aquí y allá.
En uno de los pasillos, llego a una habitación y dentro de ella me encuentro con mi padre, quien arma un rompecabezas impreso en blanco y negro. Me da gusto volver a verlo. Hace ya siete años que falleció.
Nos saludamos como si nada hubiera pasado, con esa familiaridad del trato diario que con tanta solidez construye las relaciones duraderas. Me siento frente a él, pregunta cómo estoy, digo que bien. Señala el rompecabezas y me dice si quiero ayudarlo. Acepto y comienzo a trabajar en recomponer la figura ordenando sus partes. Aunque logro ver la imagen completa, no consigo hacer que las piezas se unan.
- Oye Papá, estas piezas no encajan.
- Es cierto, no encajan.
- No se puede armar
- Bueno, pues si no se puede…
Lo miro tratando de adivinar si es una de sus bromas, pero él está calmado. Toma el rompecabezas y comienza a armarlo tranquilamente.
- Pero si las piezas no encajan…
- No encajan cuando tú lo armas.
Pienso un momento.
- O sea que éste rompecabezas no lo puedo armar yo.
- Así es, tú no lo puedes armar. No depende de ti.
Él ha comprendido perfecto lo que me pasa y yo he entendido. Descanso en la silla, le observo y aunque siento cómo comienza a hacérseme un nudo en la garganta, mi padre me mira y entiendo que no es la ocasión para ponerse sentimental. Sonreímos tranquila y simultáneamente. Me levanto, nos despedimos y salgo de la habitación.
Instantes después, despierto.
Me incorporo y me siento en la orilla de la cama, ahí noto dos cosas: estoy realmente descansado y, además, esta mañana parece particularmente clara.
Hace ya tiempo que ciertos eventos me preocupan. Son muchos los días sin encontrar cómo solucionarlos. De la frialdad a la cortesía, de la mano izquierda a la derecha, de la franqueza al disimulo, de la razón a la emoción. No hay modo y sin embargo, me he empeñado, pensando que he de hallar el modo de arreglarlo todo. Hasta hoy.
La meridiana claridad llegó durante la noche. Dormí, soñé y comprendí.
En mi sueño, me encuentro en una casa con varios cuartos, en apariencia algunos son una especie de consultorios, pero hay también otros más hogareños; además, veo una sala de estar amplia, cómoda y decorada como para una acogedora reunión de familia. Recorro la casa sin prisas curioseando aquí y allá.
En uno de los pasillos, llego a una habitación y dentro de ella me encuentro con mi padre, quien arma un rompecabezas impreso en blanco y negro. Me da gusto volver a verlo. Hace ya siete años que falleció.
Nos saludamos como si nada hubiera pasado, con esa familiaridad del trato diario que con tanta solidez construye las relaciones duraderas. Me siento frente a él, pregunta cómo estoy, digo que bien. Señala el rompecabezas y me dice si quiero ayudarlo. Acepto y comienzo a trabajar en recomponer la figura ordenando sus partes. Aunque logro ver la imagen completa, no consigo hacer que las piezas se unan.
- Oye Papá, estas piezas no encajan.
- Es cierto, no encajan.
- No se puede armar
- Bueno, pues si no se puede…
Lo miro tratando de adivinar si es una de sus bromas, pero él está calmado. Toma el rompecabezas y comienza a armarlo tranquilamente.
- Pero si las piezas no encajan…
- No encajan cuando tú lo armas.
Pienso un momento.
- O sea que éste rompecabezas no lo puedo armar yo.
- Así es, tú no lo puedes armar. No depende de ti.
Él ha comprendido perfecto lo que me pasa y yo he entendido. Descanso en la silla, le observo y aunque siento cómo comienza a hacérseme un nudo en la garganta, mi padre me mira y entiendo que no es la ocasión para ponerse sentimental. Sonreímos tranquila y simultáneamente. Me levanto, nos despedimos y salgo de la habitación.
Instantes después, despierto.
Me incorporo y me siento en la orilla de la cama, ahí noto dos cosas: estoy realmente descansado y, además, esta mañana parece particularmente clara.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Tragedias asiáticas
...
Primero, un inclemente ciclón azotó furiosamente al sufrido pueblo de Myanmar, el cual se vio severamente afectado. Se cuentan por decenas de miles a los muertos. Por si esto fuera poco, el increíblemente cruel e idiota régimen militar que gobierna el país, ha impedido el libre tránsito de la ayuda internacional, tan urgente y necesaria en estos momentos para los cientos de miles de damnificados.
Por otro lado, un terremoto sacudió duramente a China, que se prepara con todo para ser anfitriona de la fiesta deportiva más grande del planeta, mientras su gobierno no tiene empacho en reprimir con toletes y balas a quienes buscan la apertura democrática dentro de su territorio o un respiro a la ininterrumpida violencia en tierras tibetanas.
El fenómeno natural en China ha dejado, también, miles de muertos.
Las labores de rescate en ambas naciones se llevan a cabo en el marco del dolor humano, las lágrimas de los deudos, la valentía de quienes arriesgan la vida misma por los demás y la solidaridad, esa bendita solidaridad, que mueve a los seres humanos, más allá de colores, ideologías, religiones.
Vayan mis condolencias a quienes padecen hoy las desgracias ocasionadas por la naturaleza.
Vaya también mi perenne condena y repugnancia para quienes, aun ante la tragedia, son incapaces de la más elemental decencia en las labores de gobierno.
Primero, un inclemente ciclón azotó furiosamente al sufrido pueblo de Myanmar, el cual se vio severamente afectado. Se cuentan por decenas de miles a los muertos. Por si esto fuera poco, el increíblemente cruel e idiota régimen militar que gobierna el país, ha impedido el libre tránsito de la ayuda internacional, tan urgente y necesaria en estos momentos para los cientos de miles de damnificados.
Por otro lado, un terremoto sacudió duramente a China, que se prepara con todo para ser anfitriona de la fiesta deportiva más grande del planeta, mientras su gobierno no tiene empacho en reprimir con toletes y balas a quienes buscan la apertura democrática dentro de su territorio o un respiro a la ininterrumpida violencia en tierras tibetanas.
El fenómeno natural en China ha dejado, también, miles de muertos.
Las labores de rescate en ambas naciones se llevan a cabo en el marco del dolor humano, las lágrimas de los deudos, la valentía de quienes arriesgan la vida misma por los demás y la solidaridad, esa bendita solidaridad, que mueve a los seres humanos, más allá de colores, ideologías, religiones.
Vayan mis condolencias a quienes padecen hoy las desgracias ocasionadas por la naturaleza.
Vaya también mi perenne condena y repugnancia para quienes, aun ante la tragedia, son incapaces de la más elemental decencia en las labores de gobierno.
viernes, 9 de mayo de 2008
Mil caminos.
Parece una perogrullada señalarlo, pero la realidad es como es.
Faltaría agregar: y no puede ser de otra manera.
A pesar de la multitud de opciones que durante el día enfrentamos, elegimos siempre una. Lo mismo hace el resto de las personas. Los animales, sencillamente reaccionan y hacen aquello que les permite u ordena el instinto. El mundo incesantemente se transforma, soplan brisas, aires ciclones y huracanes, las corrientes y mareas fluyen, las placas tectónicas lentas, pero imparables, moldean la superficie del planeta. A escala menor, átomos, moléculas y células (me encantan las esdrújulas) se combinan y recomponen. Todo ello de forma tal que nos presentan a la realidad como podemos percibirla en el momento. Y todo ello tuvo que ser así, pues de haber ocurrido de manera distinta, la realidad sería otra y no la que vemos.
¿Estamos pues condenados a sólo tener un tipo de realidad material?
La respuesta es sí.
Habrá quien alegue que, por ejemplo, aquel que consume alguna sustancia puede tener acceso a una realidad diferente. No lo creo, sólo podrá tener una percepción distinta de la realidad, pero ella permanece igual.
No obstante, la realidad no tiene que ser forzosamente una cuestión predeterminada por cuestiones infra o meta humanas.
Las acciones de hoy son las modeladoras del mañana, del mismo modo que las de ayer son las que definieron el hoy. El asunto es, entonces, saber decidir las acciones correctas para obtener los efectos deseados, hacernos cargo de nuestros actos tanto individuales como colectivos con el propósito de vivir como se quiere y no como se puede. Que nuestros actos propicien necesariamente el futuro que se busca y no dejar esto como un asunto de la suerte.
Creo que buena parte de la consecución de la libertad estriba en ello.
Faltaría agregar: y no puede ser de otra manera.
A pesar de la multitud de opciones que durante el día enfrentamos, elegimos siempre una. Lo mismo hace el resto de las personas. Los animales, sencillamente reaccionan y hacen aquello que les permite u ordena el instinto. El mundo incesantemente se transforma, soplan brisas, aires ciclones y huracanes, las corrientes y mareas fluyen, las placas tectónicas lentas, pero imparables, moldean la superficie del planeta. A escala menor, átomos, moléculas y células (me encantan las esdrújulas) se combinan y recomponen. Todo ello de forma tal que nos presentan a la realidad como podemos percibirla en el momento. Y todo ello tuvo que ser así, pues de haber ocurrido de manera distinta, la realidad sería otra y no la que vemos.
¿Estamos pues condenados a sólo tener un tipo de realidad material?
La respuesta es sí.
Habrá quien alegue que, por ejemplo, aquel que consume alguna sustancia puede tener acceso a una realidad diferente. No lo creo, sólo podrá tener una percepción distinta de la realidad, pero ella permanece igual.
No obstante, la realidad no tiene que ser forzosamente una cuestión predeterminada por cuestiones infra o meta humanas.
Las acciones de hoy son las modeladoras del mañana, del mismo modo que las de ayer son las que definieron el hoy. El asunto es, entonces, saber decidir las acciones correctas para obtener los efectos deseados, hacernos cargo de nuestros actos tanto individuales como colectivos con el propósito de vivir como se quiere y no como se puede. Que nuestros actos propicien necesariamente el futuro que se busca y no dejar esto como un asunto de la suerte.
Creo que buena parte de la consecución de la libertad estriba en ello.
miércoles, 23 de abril de 2008
Fechas vemos…
Hoy es la fecha elegida para celebrar el día internacional del libro. Como muchos sabemos, es el día en que se conmemora el fallecimiento de dos de los más grandes escritores que han pisado la faz de la tierra: Miguel de Cervantes y William Shakespeare.
El 23 de abril de 1616, ambos murieron, lo que pocos saben es que aunque fueron exactamente en la misma fecha, los sucesos no tuvieron lugar el mismo día.
Es necesario recordar que durante siglos se utilizó el llamado calendario juliano, establecido por Julio César en 45 a.C. En él se había fijado la duración del año en 365 días y un cuarto. Lo cual era bastante exacto, pero el diferencial de minutos por año, se había sumado y en el siglo XVI totalizaba ya un desfase de varios días (unos doce).
La iglesia había advertido el error y puso manos a la obra, con la finalidad de reparar el asunto. Desde 1545, durante el papado de Pablo III, se decidió corregirlo, pero no fue sino hasta que Gregorio XIII arribó al trono de san Pedro en que se puso remedio.
En bula emitida en febrero de 1582, se ordenó que al jueves 4 de octubre le seguiría el viernes 15 de octubre ese año. Santo remedio. (el porqué de la fecha, es otra historia)
De modo que, bula de por medio, así se hizo por todo el mundo. Bueno, casi.
A decir verdad, se aplicó de manera inmediata en Italia, España (supongo que en todas sus tierras de ultramar), Portugal, Francia y Luxemburgo. El resto de Europa y del mundo lo fue haciendo de manera paulatina, por ejemplo: en Inglaterra entró en vigor en 1752, en Japón en 1873, Rusia en 1918 y Grecia hasta 1923. O sea que la cosa fue tomada con calma.
Así las cosas, rigieron dos calendarios diferentes en el mundo.
Para el caso que nos ocupa, en el año de 1616 Inglaterra tenía el viejo calendario juliano en uso, mientras que España ya usaba el nuevo calendario gregoriano.
De modo que cuando Don Miguel de Cervantes murió, el 23 de abril en España, en Inglaterra era apenas el 13 del mismo mes, y cuando a Don William le tocó el turno de entregar cuentas al creador, en España ya era el 3 de mayo, aunque en Inglaterra fuese el 23 de abril.
De lo que se entera uno…
El 23 de abril de 1616, ambos murieron, lo que pocos saben es que aunque fueron exactamente en la misma fecha, los sucesos no tuvieron lugar el mismo día.
Es necesario recordar que durante siglos se utilizó el llamado calendario juliano, establecido por Julio César en 45 a.C. En él se había fijado la duración del año en 365 días y un cuarto. Lo cual era bastante exacto, pero el diferencial de minutos por año, se había sumado y en el siglo XVI totalizaba ya un desfase de varios días (unos doce).
La iglesia había advertido el error y puso manos a la obra, con la finalidad de reparar el asunto. Desde 1545, durante el papado de Pablo III, se decidió corregirlo, pero no fue sino hasta que Gregorio XIII arribó al trono de san Pedro en que se puso remedio.
En bula emitida en febrero de 1582, se ordenó que al jueves 4 de octubre le seguiría el viernes 15 de octubre ese año. Santo remedio. (el porqué de la fecha, es otra historia)
De modo que, bula de por medio, así se hizo por todo el mundo. Bueno, casi.
A decir verdad, se aplicó de manera inmediata en Italia, España (supongo que en todas sus tierras de ultramar), Portugal, Francia y Luxemburgo. El resto de Europa y del mundo lo fue haciendo de manera paulatina, por ejemplo: en Inglaterra entró en vigor en 1752, en Japón en 1873, Rusia en 1918 y Grecia hasta 1923. O sea que la cosa fue tomada con calma.
Así las cosas, rigieron dos calendarios diferentes en el mundo.
Para el caso que nos ocupa, en el año de 1616 Inglaterra tenía el viejo calendario juliano en uso, mientras que España ya usaba el nuevo calendario gregoriano.
De modo que cuando Don Miguel de Cervantes murió, el 23 de abril en España, en Inglaterra era apenas el 13 del mismo mes, y cuando a Don William le tocó el turno de entregar cuentas al creador, en España ya era el 3 de mayo, aunque en Inglaterra fuese el 23 de abril.
De lo que se entera uno…
miércoles, 9 de abril de 2008
Tempus fugit
El ser humano ha conseguido medir con extraordinaria precisión el paso del tiempo.
Para los fines de la vida diaria, la unidad denominada como “segundo” parece ser suficiente y, para los estándares de impuntualidad mexicana, incluso exagerada.
De acuerdo con el Sistema Internacional de Unidades, un segundo es igual a 9.192.631.770 períodos de radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), medidos a 0 K. Acerca de lo cual sólo sé que “0 K” (la temperatura a la que se hace la medición) es de -273.15 grados centígrados (el cero absoluto) y lo demás me resulta una variante del sánscrito traducido al japonés por un malayo ebrio.
Sin embargo, en ocasiones resulta imprescindible contar con mediciones aún más precisas para fines específicos.
A manera de ejemplo: centisegundo; milisegundo; microsegundo; nanosegundo; picosegundo; femtosegundo; attosegundo (0.0000000000000000001 de segundo).
A pesar de todo ello, determinar la duración precisa de un instante ha resultado un desafío más allá de las capacidades tecnológicas humanas. Hasta hoy.
Efectivamente, lo que ningún medio había podido definir con la exactitud que el asunto requiere, ha sido posible hacerlo en esta Ciudad de México.
La experiencia urbana, la reflexión paciente y el dedicado esfuerzo de abstracción de quienes habitan este valle, han dado un fruto maduro, exacto y quintaesencial. Justo es ponderar dicho logro y regodearnos en ello.
Sin más preámbulo:
Instante: periodo de tiempo que transcurre entre que la luz del semáforo se pone en verde y el imbécil de atrás nos toca el claxon.
Una joya.
Para los fines de la vida diaria, la unidad denominada como “segundo” parece ser suficiente y, para los estándares de impuntualidad mexicana, incluso exagerada.
De acuerdo con el Sistema Internacional de Unidades, un segundo es igual a 9.192.631.770 períodos de radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), medidos a 0 K. Acerca de lo cual sólo sé que “0 K” (la temperatura a la que se hace la medición) es de -273.15 grados centígrados (el cero absoluto) y lo demás me resulta una variante del sánscrito traducido al japonés por un malayo ebrio.
Sin embargo, en ocasiones resulta imprescindible contar con mediciones aún más precisas para fines específicos.
A manera de ejemplo: centisegundo; milisegundo; microsegundo; nanosegundo; picosegundo; femtosegundo; attosegundo (0.0000000000000000001 de segundo).
A pesar de todo ello, determinar la duración precisa de un instante ha resultado un desafío más allá de las capacidades tecnológicas humanas. Hasta hoy.
Efectivamente, lo que ningún medio había podido definir con la exactitud que el asunto requiere, ha sido posible hacerlo en esta Ciudad de México.
La experiencia urbana, la reflexión paciente y el dedicado esfuerzo de abstracción de quienes habitan este valle, han dado un fruto maduro, exacto y quintaesencial. Justo es ponderar dicho logro y regodearnos en ello.
Sin más preámbulo:
Instante: periodo de tiempo que transcurre entre que la luz del semáforo se pone en verde y el imbécil de atrás nos toca el claxon.
Una joya.
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