Mientras conduzco, pienso en lo afortunado que soy. El trayecto del trabajo a casa lo puedo realizar por calles interiores, casi siempre semivacías. Lo que convierte el retorno en un relajante paseíllo las más de las veces.
En estas deliberaciones me encuentro al llegar a semáforo, ahí me sorprende una voz femenina:
- ¡Popotes!
No ubico, bien a bien a quién le hablan o a qué se refiere la voz, giro la cabeza y me encuentro con una mujer de unos indefinibles e indefendibles 60 o más años.
- Que si quiere popotes…
Veo que ofrece paquetes de popotes y sí, sí se dirige a mí.
- No muchas gracias.
- Son de plástico cristal, de colores y flexibles…
- No, se lo agradezco, pero no traigo dinero
La dama me mira y me dice mostrando las desdentadas encías en un intento de sonrisa:
- Si le digo algo, ¿no se enoja?
- Perdón…?
- Que si le digo no se enoja…
Balbuceé algo como: Pssnosesisi, este mmm…
- Necesita vitaminas!
- Vitaminas?
- Sí, joven, para que le salga pelo.
Me decía entusiasmada mientras se tiraba los folículos pilosos de su cana pero hirsuta cabellera.
- La B-12 es muy buena, si muy buena para el pelo… festinaba, mientras tras los gruesos cristales de sus anteojos chispeaban sus ojillos.
- Bueno, sí
La luz del semáforo ya era verde, de manera que comencé a avanzar.
- Adiós! Me dijo todavía.
- Adiós, ¿gracias?
- Ándele.
Al pasar la calle, aún la vi por el espejo retrovisor: muy risueña, moviendo la mano.
La próxima vez, mejor le compro unos popotes.
martes, 1 de abril de 2008
miércoles, 19 de marzo de 2008
No es por presumir...
El buen amigo Juan de Lobos me ha hecho favor de otorgarle este galardón a nuestro sitio.Aquí lo muestro con gusto y lo comparto.
¡Gracias Juan y mándale un abrazo grande a Francisco!
lunes, 17 de marzo de 2008
Deporteando
Domingo 16 de marzo.
Corre el minuto 62 del partido entre las selecciones de futbol preolímpicas de México y Haití. El representativo azteca necesita ganar por cinco goles de diferencia para aspirar a continuar con vida en el torneo calificatorio para los juegos olímpicos de Beijing, a celebrarse en agosto de 2008.
Recién acaban de conseguir la segunda de las cinco anotaciones que requieren.
El mexicano Edgar Castillo emprende una escapada por la banda izquierda y encara a un rival dentro del área, consigue eludirlo y, con ello, parece crear una oportunidad clara para enviar un centro potencialmente fulminante, pues cuatro de sus compañeros merodean la portería y la marca de los haitianos deja mucho que desear; pero Castillo no centra, ni siquiera continúa con su carrera, con descaro y falta de vergüenza, se tira intentando engañar al árbitro y que éste conceda un tiro penal. Falla miserablemente en su intento. Los caribeños se hacen con el balón y en un suspiro cruzan la cancha hasta los linderos del área mexicana, desde ahí su atacante larga un disparo al estilo de los clásicos: fuerte, raso y colocado. Es inútil la estirada del longilíneo Guillermo Ochoa. La meta es alcanzada y entonces los cartones se ponen dos a uno.
Ni las fallas infames de Landín y Fernández me parecieron tan penosas como el grotesco espectáculo de recibir un gol como consecuencia de intentar engañar antideportivamente.
Al finalizar los noventa minutos de juego (más cinco añadidos por el silbante) el marcador dice: México 5, Haití 1. Los mexicanos están eliminados. No asistirán a los Juegos Olímpicos.
--- 000 ---
Sábado 15 de marzo en Las Vegas, Nevada.
El filipino Manny Pacquiao enfrenta al mexicano Juan Manuel Márquez por el título superpluma del Consejo Mundial de Boxeo.
Tras dos buenos primeros asaltos del mexicano, en el tercero, el filipino hace valer el terrible poder de sus nudillos y con violento izquierdazo pone de cara a las lámparas a su oponente. Márquez se levanta, capea el temporal y logra terminar de pie.
Todo pundonor y coraje, el mexicano devuelve golpe por golpe el resto de la pelea y en el octavo episodio conecta demoledores ganchos a su rival, poniéndolo al borde del knockout, pero Pacquiao también es un guerrero indomable y se mantiene en el combate.
El mexicano ha sido cortado. Producto de un cabezazo, tiene un tremendo tajo encima del ojo derecho, que amenaza el que pueda continuar. Pero el filipino presenta también las huellas de la paliza: dos cortes ensangrientan su rostro.
Tras doce asaltos de brutal pelea, ambos llegan lastimados, exhaustos, pero gallardos y bravos hasta el final. El público les brinda una prolongada ovación.
Márquez ha conseguido conectar mayor número de golpes y en varias ocasiones puso en malas condiciones a su oponente, en la esquina de Pacquiao no hay confianza, saben que la pelea ha sido dura y que lo han castigado como nunca.
Sin embargo, una decisión dividida otorga la victoria al filipino, me parece que injustamente.
Cuando regresen a México, los preolímpicos llegarán cargando una victoria humillante, pero Márquez, incólume el orgullo, traerá una derrota de la que jamás podrá sentirse avergonzado.
Así es la vida.
Corre el minuto 62 del partido entre las selecciones de futbol preolímpicas de México y Haití. El representativo azteca necesita ganar por cinco goles de diferencia para aspirar a continuar con vida en el torneo calificatorio para los juegos olímpicos de Beijing, a celebrarse en agosto de 2008.
Recién acaban de conseguir la segunda de las cinco anotaciones que requieren.
El mexicano Edgar Castillo emprende una escapada por la banda izquierda y encara a un rival dentro del área, consigue eludirlo y, con ello, parece crear una oportunidad clara para enviar un centro potencialmente fulminante, pues cuatro de sus compañeros merodean la portería y la marca de los haitianos deja mucho que desear; pero Castillo no centra, ni siquiera continúa con su carrera, con descaro y falta de vergüenza, se tira intentando engañar al árbitro y que éste conceda un tiro penal. Falla miserablemente en su intento. Los caribeños se hacen con el balón y en un suspiro cruzan la cancha hasta los linderos del área mexicana, desde ahí su atacante larga un disparo al estilo de los clásicos: fuerte, raso y colocado. Es inútil la estirada del longilíneo Guillermo Ochoa. La meta es alcanzada y entonces los cartones se ponen dos a uno.
Ni las fallas infames de Landín y Fernández me parecieron tan penosas como el grotesco espectáculo de recibir un gol como consecuencia de intentar engañar antideportivamente.
Al finalizar los noventa minutos de juego (más cinco añadidos por el silbante) el marcador dice: México 5, Haití 1. Los mexicanos están eliminados. No asistirán a los Juegos Olímpicos.
--- 000 ---
Sábado 15 de marzo en Las Vegas, Nevada.
El filipino Manny Pacquiao enfrenta al mexicano Juan Manuel Márquez por el título superpluma del Consejo Mundial de Boxeo.
Tras dos buenos primeros asaltos del mexicano, en el tercero, el filipino hace valer el terrible poder de sus nudillos y con violento izquierdazo pone de cara a las lámparas a su oponente. Márquez se levanta, capea el temporal y logra terminar de pie.
Todo pundonor y coraje, el mexicano devuelve golpe por golpe el resto de la pelea y en el octavo episodio conecta demoledores ganchos a su rival, poniéndolo al borde del knockout, pero Pacquiao también es un guerrero indomable y se mantiene en el combate.
El mexicano ha sido cortado. Producto de un cabezazo, tiene un tremendo tajo encima del ojo derecho, que amenaza el que pueda continuar. Pero el filipino presenta también las huellas de la paliza: dos cortes ensangrientan su rostro.
Tras doce asaltos de brutal pelea, ambos llegan lastimados, exhaustos, pero gallardos y bravos hasta el final. El público les brinda una prolongada ovación.
Márquez ha conseguido conectar mayor número de golpes y en varias ocasiones puso en malas condiciones a su oponente, en la esquina de Pacquiao no hay confianza, saben que la pelea ha sido dura y que lo han castigado como nunca.
Sin embargo, una decisión dividida otorga la victoria al filipino, me parece que injustamente.
Cuando regresen a México, los preolímpicos llegarán cargando una victoria humillante, pero Márquez, incólume el orgullo, traerá una derrota de la que jamás podrá sentirse avergonzado.
Así es la vida.
domingo, 9 de marzo de 2008
Fugaz
Hay ocasiones en que a la vuelta de la esquina un mínimo suceso cambia la perspectiva del día: un aroma, una imagen, una palabra, un sonido, un sabor, una textura. Qué sé yo.
El resorte que en el instante se dispara, provoca la recreación de un evento almacenado en la memoria por tiempo indefinido, lo mismo una horas que lustros o décadas.
El tiempo entonces, aún tiempo, lo es de un modo diferente, personal, íntimo y sugerente.
Ese instante se prolonga con matices qué sólo quien lo vive interpreta, mas caprichoso se fuga de la mente o se disuelve en la cotidianeidad, dejando acaso la sensación, a veces gozosa, a veces melancólica de un aspecto de nuestra vida que, por haber sido, hoy vuelve.
Tal vez, sea esta una forma de caer en cuenta que siendo quienes somos, lo somos de diversas y, en ocasiones, insospechadas maneras.
El resorte que en el instante se dispara, provoca la recreación de un evento almacenado en la memoria por tiempo indefinido, lo mismo una horas que lustros o décadas.
El tiempo entonces, aún tiempo, lo es de un modo diferente, personal, íntimo y sugerente.
Ese instante se prolonga con matices qué sólo quien lo vive interpreta, mas caprichoso se fuga de la mente o se disuelve en la cotidianeidad, dejando acaso la sensación, a veces gozosa, a veces melancólica de un aspecto de nuestra vida que, por haber sido, hoy vuelve.
Tal vez, sea esta una forma de caer en cuenta que siendo quienes somos, lo somos de diversas y, en ocasiones, insospechadas maneras.
martes, 26 de febrero de 2008
Del tránsito cotidiano
Circulaba yo por las calles de la colonia Del Valle de este Valle del Anáhuac.
Al llegar a una esquina, noté que si intentaba atravesarla estorbaría la circulación, de modo que muy civilizadamente cedí el paso a quienes venían por la perpendicular. Al sujeto que se encontraba atrás de mí, esto no le pareció correcto o citadinamente aceptable.
Tocó desaforadamente su claxon, encendió y apagó sus luces al ritmo frenético de su hiper excitado estado de ánimo y realizó todo tipo de contorsiones, caras y gestos para “obligarme” a embestir a quienes osaban interponerse en su camino. No lo pelé.
Al disminuir el flujo de vehículos, comenzamos a avanzar, pero el especímen, a punto de sufrir una apoplejía, me rebasó por la derecha y se colocó frente a mi auto. Acto seguido se quedó parado antes de cruzar por completo la calle, para que entonces yo estorbara forzadamente.
Me ganó la carcajada.
El irascible conductor era un repartidor a bordo de una destartalada motocicleta. De la parte trasera de su casco, asomaba la visera de una gorra, en ella estaba escrita la frase “Mad dog”.
Huelgan más comentarios.
Al llegar a una esquina, noté que si intentaba atravesarla estorbaría la circulación, de modo que muy civilizadamente cedí el paso a quienes venían por la perpendicular. Al sujeto que se encontraba atrás de mí, esto no le pareció correcto o citadinamente aceptable.
Tocó desaforadamente su claxon, encendió y apagó sus luces al ritmo frenético de su hiper excitado estado de ánimo y realizó todo tipo de contorsiones, caras y gestos para “obligarme” a embestir a quienes osaban interponerse en su camino. No lo pelé.
Al disminuir el flujo de vehículos, comenzamos a avanzar, pero el especímen, a punto de sufrir una apoplejía, me rebasó por la derecha y se colocó frente a mi auto. Acto seguido se quedó parado antes de cruzar por completo la calle, para que entonces yo estorbara forzadamente.
Me ganó la carcajada.
El irascible conductor era un repartidor a bordo de una destartalada motocicleta. De la parte trasera de su casco, asomaba la visera de una gorra, en ella estaba escrita la frase “Mad dog”.
Huelgan más comentarios.
sábado, 16 de febrero de 2008
Eso que llaman amor
No podía dejar pasar el pretexto de San Valentín.
AMAR. del latín amare ‘amar’, probablemente de una palabra infantil amma ‘madre’.
AMOR. (Del lat. amor-oris) m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. // 2. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. // 3. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo. // 4. Tendencia a la unión sexual. // 5. Blandura, suavidad. Cuidar el jardín con amor. // 6. Persona amada. // 7. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella. // 8. p.us. Apetito sexual de los animales. // 9. ant. Voluntad, consentimiento. // 10. ant. Convenio o ajuste. // 11. pl. Relaciones amorosas. // 12. Objeto de cariño especial a alguien. // 13. Expresiones de amor, caricias, requiebros. // 14. cadillo (planta umbelífera).
AMOR. El amor, según Hesíodo, era el más bello de los inmortales. Su personificación no aparece, sin embargo en los poemas homéricos. Más tarde, los griegos hicieron distinción entre Hímeros (el Deseo) y Eros (el amor propiamente tal). // Plásticamente, se le representa como un niño con alas, un carcaj con flechas y, a menudo, una venda sobre los ojos. // La fábula de Amor y Psiquis es uno de los más legendarios y atrayentes mitos de la antigüedad clásica, que ha influido en la literatura y en la música. // En el simbolismo universal, el corazón, la rosa y la flor de loto son los atributos plásticos del Amor. // El Amor Divino se representa por un corazón en llamas o atravesado por una saeta que, a su vez, es el símbolo de oración; el amor a Dios está simbolizado por la alondra, y el amor puro, por una rosa blanca.
AMOR. Empédocles fue el primer filósofo que utilizó la idea del amor en sentido cósmico-metafísico, al considerar al amor y a la lucha como principios de unión y separación respectivamente de los elementos que constituyen el universo. Pero la noción de amor adquirió una significación a la vez central y compleja solamente en Platón. Muchas son las referencias al amor, las descripciones y las clasificaciones del amor que hallamos en Platón. Se lo compara con una forma de caza (El sofista); es como una locura (Fedro); un dios poderoso. Puede haber tres clases de amor: el del cuerpo, el del alma y una mezcla de ambos (Leyes). En general, el amor puede ser malo o ilegítimo y bueno o legítimo; el amor malo no es propiamente el amor del cuerpo por el cuerpo, sino aquél que no está iluminado por el amor del alma y no tiene en cuenta la irradiación sobre el cuerpo que producen las ideas. [...]
AMOR:
Algo que se ha convertido en una palabra de cuatro letras para un crucigrama.
Fritz Lang
Una trampa que nos ha puesto la naturaleza para lograr la preservación de la especie.
Somerset Maugham
Locura temporal que desaparece con el matrimonio.
Ambrose Bierce
Una afección mental que nos hace percibir a una mujer como diferente a todas las demás.
H.L. Mencken
Como el sarampión; muy grave si se presenta en la madurez.
Douglas Jerrold
La sabiduría del tonto, y la tontería del sabio.
H.L. Mencken
O lo que es lo mismo: pásele a lo barrido y escoja la definición que más le guste, acomode o menos le desagrade; después de todo, nadie sabe qué es esa extraña afección que lo mismo alegra que lacera el corazón.
Fuentes:
GÓMEZ DE SILVA, Guido: Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica.
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la Lengua Española, vigésima segunda edición, Espasa.
PÉREZ-RIOJA, J.A.: Diccionario de Símbolos y Mitos, Tecnos.
FERRATER MORA, José: Diccionario de Filosofía Abreviado, Editorial Hermes.
DILLON-MALONE, Autrey: El Diccionario de los Cínicos, Grupo Editorial Tomo.
La imagen que ilustra el presente, es un grabadito en linóleo de mi autoría. ¡Ajúa!
viernes, 8 de febrero de 2008
La tarea
No puedo sino reconocer mi ignorancia en materia de pedagogía.
Lo anterior es una declaratoria necesaria para entender desde dónde me atrevo a opinar o, si se quiere, explicará a la luz del entendimiento de quienes conocen la materia, mi falta de pudor para exponer el tema.
En fin, el asunto es que no entiendo para qué sirven las tareas escolares, especialmente durante la primaria.
Los padres mandamos a nuestros hijos a un lugar especializado en proporcionar la formación académica necesaria para insertar a los niños en la sociedad de forma productiva.
En ese sitio, se encuentran profesionales de la educación concentrados en hallar y aplicar las metodologías y recursos didácticos para que los pequeños reciban y aprovechen al máximo la información que se les ofrece.
Entre seis y ocho horas, cinco días a la semana, estos profesionales disponen de los cerebros y neuronas de los pequeños para enseñarles aquello que ha sido marcado en un programa educativo elaborado por expertos en estos menesteres, de acuerdo con el grado que se curse y a las habilidades, destrezas y condiciones de madurez requeridos en cada edad.
Muchos de los niños, no todos desafortunadamente, llegan a la escuela frescos, descansados y en condiciones propicias para recibir la información.
De modo que en la escuela se cuenta con la condiciones más apropiadas para poder trabajar con los infantes y que éstos aprendan adecuadamente.
Así las cosas.
Por la tarde, el niño está harto de lo visto en clase y en casa tiene todo género de distractores; la madre o el padre, regularmente no están capacitados para impartir la clase y en muchos casos vienen de lidiar con sus propios problemas del trabajo. Y en lugar de platicar con los niños comienza la sesión de preguntas y respuestas, de amenazas o reproches, de comenzar a identificar el saber con el sufrir y el aprender con pasar un mal rato.
En esas condiciones, inicia la lucha grecomarrana para intentar explicar al vástago que: “la expresión numérica de una fracción se representa como el cociente del triunvirato que provocó la decadencia del imperio romano durante la glaciación de la última fanerógama asociada a la hipotenusa caústica provocada por el sonoro rugir del cañón”. No manchen.
Como padre, pido paz. Denme chance de llegar a casa sin broncas.
Yo no sé, pero como adultos sabemos que es necesario llevarse el trabajo a casa, algo no está resultando bien. Y ¿no resulta un contrasentido que de niños nos enseñen que es necesario llevarse trabajo a casa?
Reitero mi desconocimiento del asunto, pero de plano yo sí que me pronuncio por que a los niños los dejemos jugar más por la tarde, que vayan a hacer deporte, o a aprender música u otro idioma, que sepan cómo construir una casa para iniciar el club de Tobi, cómo se cura un raspón de rodillas, se toma de la misma botella de refresco, se consiguen frutas gratis, por dónde pasan l@s chic@s más guap@s, o cómo se puede vagar relajadamente.
Que hagan todas esas cosas que una vez adultos, recordamos siempre.
Lo anterior es una declaratoria necesaria para entender desde dónde me atrevo a opinar o, si se quiere, explicará a la luz del entendimiento de quienes conocen la materia, mi falta de pudor para exponer el tema.
En fin, el asunto es que no entiendo para qué sirven las tareas escolares, especialmente durante la primaria.
Los padres mandamos a nuestros hijos a un lugar especializado en proporcionar la formación académica necesaria para insertar a los niños en la sociedad de forma productiva.
En ese sitio, se encuentran profesionales de la educación concentrados en hallar y aplicar las metodologías y recursos didácticos para que los pequeños reciban y aprovechen al máximo la información que se les ofrece.
Entre seis y ocho horas, cinco días a la semana, estos profesionales disponen de los cerebros y neuronas de los pequeños para enseñarles aquello que ha sido marcado en un programa educativo elaborado por expertos en estos menesteres, de acuerdo con el grado que se curse y a las habilidades, destrezas y condiciones de madurez requeridos en cada edad.
Muchos de los niños, no todos desafortunadamente, llegan a la escuela frescos, descansados y en condiciones propicias para recibir la información.
De modo que en la escuela se cuenta con la condiciones más apropiadas para poder trabajar con los infantes y que éstos aprendan adecuadamente.
Así las cosas.
Por la tarde, el niño está harto de lo visto en clase y en casa tiene todo género de distractores; la madre o el padre, regularmente no están capacitados para impartir la clase y en muchos casos vienen de lidiar con sus propios problemas del trabajo. Y en lugar de platicar con los niños comienza la sesión de preguntas y respuestas, de amenazas o reproches, de comenzar a identificar el saber con el sufrir y el aprender con pasar un mal rato.
En esas condiciones, inicia la lucha grecomarrana para intentar explicar al vástago que: “la expresión numérica de una fracción se representa como el cociente del triunvirato que provocó la decadencia del imperio romano durante la glaciación de la última fanerógama asociada a la hipotenusa caústica provocada por el sonoro rugir del cañón”. No manchen.
Como padre, pido paz. Denme chance de llegar a casa sin broncas.
Yo no sé, pero como adultos sabemos que es necesario llevarse el trabajo a casa, algo no está resultando bien. Y ¿no resulta un contrasentido que de niños nos enseñen que es necesario llevarse trabajo a casa?
Reitero mi desconocimiento del asunto, pero de plano yo sí que me pronuncio por que a los niños los dejemos jugar más por la tarde, que vayan a hacer deporte, o a aprender música u otro idioma, que sepan cómo construir una casa para iniciar el club de Tobi, cómo se cura un raspón de rodillas, se toma de la misma botella de refresco, se consiguen frutas gratis, por dónde pasan l@s chic@s más guap@s, o cómo se puede vagar relajadamente.
Que hagan todas esas cosas que una vez adultos, recordamos siempre.
viernes, 1 de febrero de 2008
Bisiesto
Este 2008, es bisiesto. Como sabemos, esto significa que aquellos ingenuos que prestaron dinero para cobrarlo el 29 de febrero, por fin podrán hacer efectivo el pagaré.
La palabra tiene un curioso significado, pues literalmente quiere decir “dos veces sexto”.
Remontémonos en la historia:
Los antiguos latinos decían “bisextus”, que era el día que se añadía cada cuatro años al sexto día antes del principio de marzo, en el calendario juliano. O sea, entre el 23 y 24 de febrero, en ese entonces.
El primer día del mes o de la luna nueva era llamado por los romanos “calenda” y partir de esta fecha se contaban hacia atrás los días hasta la luna llena, conocidos como los “idus”.
La palabra “calenda” proviene del antiguo indoeuropeo “kal-and”= ‘grito’, parece que esto tiene su origen en la costumbre de anunciar públicamente (y supongo que a todo pulmón) los días en que iban a caer las nonas y los idus del mes. Es el origen de la moderna “calendario”.
A propósito de los idus, habrá de recordar que al célebre emperador romano Julio César, un vidente le advirtió: “Cuídate de los idus de marzo”. Si bien no olvidó la frase, tampoco le quitó el sueño. Pasaron los días y estando ya en los primeros días del mes, el emperador se dirigió al Senado. En el camino se encontró con el adivino y le dijo: “Los idus ya están aquí” -como haciendo patente que la advertencia había sido en vano-, a lo que el vidente sólo respondió: “Pero no se han ido”. Ese mismo día Julio César fue asesinado.
En honor a César, fue llamado con su nombre un mes del año: Julio.
El sucesor de César fue Augusto, quien no quiso ser menos que su antecesor, de modo que también hizo que un mes fuera nombrado como él. Así apareció agosto y el desorden en la nomenclatura de los meses del año (septiembre, pues era el séptimo, ahora fue el noveno; octubre, antes el octavo, ahora décimo; noviembre, antes el noveno, ahora décimo primero y diciembre, antes el décimo, ahora, décimo segundo)
Sin embargo, el mes asignado a Augusto tenía menos días que el de Julio, y ya entrados en la megalomanía galopante y para que el emperador no fuera a ofenderse, la solución fue quitarle días a algún mesesito que estuviera distraído. La víctima fue febrero, que así quedó con nada más que 28 días. De nada valió que su nombre proviniera de “februare” (purificar).
Como premio de consolación, febrero conservó el privilegio de agenciarse un día extra cada cuatro años, cuando es bisiesto. Bueno, algo es algo.
La palabra tiene un curioso significado, pues literalmente quiere decir “dos veces sexto”.
Remontémonos en la historia:
Los antiguos latinos decían “bisextus”, que era el día que se añadía cada cuatro años al sexto día antes del principio de marzo, en el calendario juliano. O sea, entre el 23 y 24 de febrero, en ese entonces.
El primer día del mes o de la luna nueva era llamado por los romanos “calenda” y partir de esta fecha se contaban hacia atrás los días hasta la luna llena, conocidos como los “idus”.
La palabra “calenda” proviene del antiguo indoeuropeo “kal-and”= ‘grito’, parece que esto tiene su origen en la costumbre de anunciar públicamente (y supongo que a todo pulmón) los días en que iban a caer las nonas y los idus del mes. Es el origen de la moderna “calendario”.
A propósito de los idus, habrá de recordar que al célebre emperador romano Julio César, un vidente le advirtió: “Cuídate de los idus de marzo”. Si bien no olvidó la frase, tampoco le quitó el sueño. Pasaron los días y estando ya en los primeros días del mes, el emperador se dirigió al Senado. En el camino se encontró con el adivino y le dijo: “Los idus ya están aquí” -como haciendo patente que la advertencia había sido en vano-, a lo que el vidente sólo respondió: “Pero no se han ido”. Ese mismo día Julio César fue asesinado.
En honor a César, fue llamado con su nombre un mes del año: Julio.
El sucesor de César fue Augusto, quien no quiso ser menos que su antecesor, de modo que también hizo que un mes fuera nombrado como él. Así apareció agosto y el desorden en la nomenclatura de los meses del año (septiembre, pues era el séptimo, ahora fue el noveno; octubre, antes el octavo, ahora décimo; noviembre, antes el noveno, ahora décimo primero y diciembre, antes el décimo, ahora, décimo segundo)
Sin embargo, el mes asignado a Augusto tenía menos días que el de Julio, y ya entrados en la megalomanía galopante y para que el emperador no fuera a ofenderse, la solución fue quitarle días a algún mesesito que estuviera distraído. La víctima fue febrero, que así quedó con nada más que 28 días. De nada valió que su nombre proviniera de “februare” (purificar).
Como premio de consolación, febrero conservó el privilegio de agenciarse un día extra cada cuatro años, cuando es bisiesto. Bueno, algo es algo.
miércoles, 23 de enero de 2008
Gándara
Gándara era un caso especial. Pulcramente vestido e irreprochablemente peinada la cana cabellera, esperaba paciente, en cualquier calle, hasta ver un rostro amigable.
No supe su historia, ni su nombre, pero quiero imaginarme un poco de ambos. Gándara seguramente no se llamaba así, pero eso no importa. Yo le vi varias veces, caminando con calma por las calles del centro de esta Ciudad de México. Su estampa transmitía cierta indefinible dignidad, y a pesar de que comenzaba a encorvarse, su figura era agradable.
Tendría unos sesenta y cinco años, difícil saber si con unos cuantos de más o con un par de menos. Sus manos, limpias, sin callos ni marcas, permitían suponer una vida mas bien acomodada.
Tal vez el suyo fuera el caso del anciano de quien nadie quiere hacerse cargo cabal, pero que merced de su posición es imposible tirar a un lado. Como fuera, Gándara caminaba sin prisas, estudiando los rostros de quienes se cruzaban por su camino, calibrando fisonomías, sopesando caracteres, evaluando humores y perpetrando el próximo asalto. No, Gándara no era un ladrón, sino un consumado sablista, un artista para pedir dinero de modo que su dignidad quedase intacta y de forma que el incauto pensase que estaba haciendo una buena obra (y en realidad la hacía, pero no del modo que imaginaba). Era escrupuloso y procuraba que con una, o cuando mucho un par de víctimas propicias, pudiera dar por concluida la faena. No buscaba el gran dinero, sino sólo el necesario para pasar el día de forma digna: comer algo a medio día y luego poder tomarse un café, pausado, por la tarde, mientras hojeaba el periódico.
Su técnica era simple y la ejecutaba con la soltura y el aplomo que dan los años de práctica. Se desplazaba con la seguridad de quien no se ve a sí mismo con conmiseración o lástima, sino con seriedad e inclusive con cierta gallardía. Después de todo, dijérase lo que se dijera, él no necesitaba de nadie para ganarse la vida.
Gándara te veía a los ojos, te sonreía y con mucha cortesía te preguntaba algo así como: Perdón, ¿qué su padre (o su tío, o su abuelo), no trabajó en el gobierno? Si la respuesta era afirmativa, continuaba indagando la dependencia en que esto había ocurrido, luego preguntaba el apellido del susodicho, diciendo algo así como: aunque recuerdo su cara, no me puedo acordar de su nombre;¿qué no era Sánchez, o López? ¿no? ah, pero ¡claro!, si era uno poco común, como extranjero, ¡por supuesto! Irigoyen, Medina, cómo se me escapó, ¡qué barbaridad!, los años, no perdonan la memoria pero dime: ¿cómo está?
Y así continuaba el acto, hasta que ya con los datos suficientes y convenientemente obtenidos, le refería a la víctima su precaria condición actual que, por supuesto, es nada más que pasajera, pues justo hoy (o ayer, o mañana) tomó (o tomará) posesión de un nuevo cargo que providencialmente le confirió el licenciado mengano, de quien tu papá (tu tío, o tu abuelo) seguramente se acordará cuando se lo menciones.
Pues qué gusto, qué barbaridad, ¡caray!, hombre, mira que encontrarse luego de tantos años y en esta ciudad tan grande, nada menos que al hijo (o sobrino, o nieto) del ingeniero (o doctor, o licenciado) de quien tengo tan buen recuerdo.
Oye, y tú ¿donde trabajas?, ¡cómo! Pero mira qué pequeño es el mundo, ¡pero si está a unas cuantas cuadras de mi nueva oficina!. Pues qué gusto muchacho, y no sé cómo decirte... no acostumbro a pedir favores, me entiendes, tú eres gente bien como yo y sabes de lo que hablo, pero mira que pensando precisamente en que eres una persona de clase, pues pensé que podría confiar en ti. Me muero de la vergüenza al decírtelo, pero no traigo ni un peso en la bolsa y quería pedirte que si fueras tan amable de prestarme unos 50 o 100 pesos, para comer algo hoy. Mi cuenta de banco la cancelé, para ajustarla a la del nuevo empleo y hasta la semana entrante me comienzan a depositar, y yo fui tan torpe de confiar en que mi (hermano, sobrino, hijo) me podría prestar dinero, pero no me avisó que estaría fuera unos días y como no me llevo bien con su esposa, pues no puedo pedirle nada. Por supuesto, te dejo mi tarjeta y en unos tres o cuatro días puedes pasar a que te pague o si lo prefieres, con los datos de tu oficina, pues yo mismo te llevo el dinero o te lo mando con un mensajero. ¿Qué me dices? Hoy por mí y mañana por ti. Entre gente decente, más nos vale echarnos la mano. Mira que si no fueras el hijo (o sobrino, o nieto) no me atrevería a pedírtelo, pero el magnífico recuerdo que tengo de él, me da la confianza para hablarte tan francamente.
Cuando me tocó vivir en carne propia el numerito, no tuve defensa. Fui un pato sentado. Un blanco fijo en la mira de la escopeta de ese experimentado cazador. Le di 100 pesos.
Aunque tenía la certeza de que acababa de ser sableado, una parte de mí quería creer la increíble historia que Gándara acababa de contarme y sentía legítimas ganas de que mi padre (o tío, o abuelo) hubiera conocido al personaje y así tener la oportunidad de decirle que tuve la oportunidad de ayudar a su antiguo camarada. Que yo, su hijo (o sobrino, o nieto) era un digno heredero de la bonhomía que Gándara había apreciado en nuestra familia y que sin pensarlo dos veces había cumplido con este deber entre caballeros. Quería sentirme un poco más bueno. Pero sabía que no era cierto y me callé la historia.
Semanas después, caminaba por las calles de Madero.
Frente a la añeja Casa de los Azulejos; a las puertas del templo de San Felipe de Jesús, un caballero se dirigió a mí, preguntando: Perdone, ¿qué su padre no trabajó en el gobierno?
Gándara había olvidado mi rostro.
Sonreí, perdí otros cincuenta pesos y creo que hasta me sentí un poco más bueno.
No supe su historia, ni su nombre, pero quiero imaginarme un poco de ambos. Gándara seguramente no se llamaba así, pero eso no importa. Yo le vi varias veces, caminando con calma por las calles del centro de esta Ciudad de México. Su estampa transmitía cierta indefinible dignidad, y a pesar de que comenzaba a encorvarse, su figura era agradable.
Tendría unos sesenta y cinco años, difícil saber si con unos cuantos de más o con un par de menos. Sus manos, limpias, sin callos ni marcas, permitían suponer una vida mas bien acomodada.
Tal vez el suyo fuera el caso del anciano de quien nadie quiere hacerse cargo cabal, pero que merced de su posición es imposible tirar a un lado. Como fuera, Gándara caminaba sin prisas, estudiando los rostros de quienes se cruzaban por su camino, calibrando fisonomías, sopesando caracteres, evaluando humores y perpetrando el próximo asalto. No, Gándara no era un ladrón, sino un consumado sablista, un artista para pedir dinero de modo que su dignidad quedase intacta y de forma que el incauto pensase que estaba haciendo una buena obra (y en realidad la hacía, pero no del modo que imaginaba). Era escrupuloso y procuraba que con una, o cuando mucho un par de víctimas propicias, pudiera dar por concluida la faena. No buscaba el gran dinero, sino sólo el necesario para pasar el día de forma digna: comer algo a medio día y luego poder tomarse un café, pausado, por la tarde, mientras hojeaba el periódico.
Su técnica era simple y la ejecutaba con la soltura y el aplomo que dan los años de práctica. Se desplazaba con la seguridad de quien no se ve a sí mismo con conmiseración o lástima, sino con seriedad e inclusive con cierta gallardía. Después de todo, dijérase lo que se dijera, él no necesitaba de nadie para ganarse la vida.
Gándara te veía a los ojos, te sonreía y con mucha cortesía te preguntaba algo así como: Perdón, ¿qué su padre (o su tío, o su abuelo), no trabajó en el gobierno? Si la respuesta era afirmativa, continuaba indagando la dependencia en que esto había ocurrido, luego preguntaba el apellido del susodicho, diciendo algo así como: aunque recuerdo su cara, no me puedo acordar de su nombre;¿qué no era Sánchez, o López? ¿no? ah, pero ¡claro!, si era uno poco común, como extranjero, ¡por supuesto! Irigoyen, Medina, cómo se me escapó, ¡qué barbaridad!, los años, no perdonan la memoria pero dime: ¿cómo está?
Y así continuaba el acto, hasta que ya con los datos suficientes y convenientemente obtenidos, le refería a la víctima su precaria condición actual que, por supuesto, es nada más que pasajera, pues justo hoy (o ayer, o mañana) tomó (o tomará) posesión de un nuevo cargo que providencialmente le confirió el licenciado mengano, de quien tu papá (tu tío, o tu abuelo) seguramente se acordará cuando se lo menciones.
Pues qué gusto, qué barbaridad, ¡caray!, hombre, mira que encontrarse luego de tantos años y en esta ciudad tan grande, nada menos que al hijo (o sobrino, o nieto) del ingeniero (o doctor, o licenciado) de quien tengo tan buen recuerdo.
Oye, y tú ¿donde trabajas?, ¡cómo! Pero mira qué pequeño es el mundo, ¡pero si está a unas cuantas cuadras de mi nueva oficina!. Pues qué gusto muchacho, y no sé cómo decirte... no acostumbro a pedir favores, me entiendes, tú eres gente bien como yo y sabes de lo que hablo, pero mira que pensando precisamente en que eres una persona de clase, pues pensé que podría confiar en ti. Me muero de la vergüenza al decírtelo, pero no traigo ni un peso en la bolsa y quería pedirte que si fueras tan amable de prestarme unos 50 o 100 pesos, para comer algo hoy. Mi cuenta de banco la cancelé, para ajustarla a la del nuevo empleo y hasta la semana entrante me comienzan a depositar, y yo fui tan torpe de confiar en que mi (hermano, sobrino, hijo) me podría prestar dinero, pero no me avisó que estaría fuera unos días y como no me llevo bien con su esposa, pues no puedo pedirle nada. Por supuesto, te dejo mi tarjeta y en unos tres o cuatro días puedes pasar a que te pague o si lo prefieres, con los datos de tu oficina, pues yo mismo te llevo el dinero o te lo mando con un mensajero. ¿Qué me dices? Hoy por mí y mañana por ti. Entre gente decente, más nos vale echarnos la mano. Mira que si no fueras el hijo (o sobrino, o nieto) no me atrevería a pedírtelo, pero el magnífico recuerdo que tengo de él, me da la confianza para hablarte tan francamente.
Cuando me tocó vivir en carne propia el numerito, no tuve defensa. Fui un pato sentado. Un blanco fijo en la mira de la escopeta de ese experimentado cazador. Le di 100 pesos.
Aunque tenía la certeza de que acababa de ser sableado, una parte de mí quería creer la increíble historia que Gándara acababa de contarme y sentía legítimas ganas de que mi padre (o tío, o abuelo) hubiera conocido al personaje y así tener la oportunidad de decirle que tuve la oportunidad de ayudar a su antiguo camarada. Que yo, su hijo (o sobrino, o nieto) era un digno heredero de la bonhomía que Gándara había apreciado en nuestra familia y que sin pensarlo dos veces había cumplido con este deber entre caballeros. Quería sentirme un poco más bueno. Pero sabía que no era cierto y me callé la historia.
Semanas después, caminaba por las calles de Madero.
Frente a la añeja Casa de los Azulejos; a las puertas del templo de San Felipe de Jesús, un caballero se dirigió a mí, preguntando: Perdone, ¿qué su padre no trabajó en el gobierno?
Gándara había olvidado mi rostro.
Sonreí, perdí otros cincuenta pesos y creo que hasta me sentí un poco más bueno.
jueves, 3 de enero de 2008
Comienza el 2008.
Como cada doce meses, el inicio del año es pretexto popular y a modo para prometer ejercitarse, dejar de fumar, comer sanamente, perder unos kilitos, leer ese libro siempre pospuesto, iniciar aquel curso, terminar la tesis, inscribirse a tal escuela, aprender a bailar, o a cocinar, a tocar la guitarra, la trompeta, el violín o las maracas.
Para intentar ser mejores padres, o madres, hermanos, amigos o hijos (aunque sea de la tiznada). Para proponerse trabajar con mayor ahínco, llegar a tiempo, decir la verdad, cuidar la salud, seguir las indicaciones del médico, no gritar en la calle, no mentarle la madre al pentonto que se nos atraviesa en el coche, dejar buenas propinas, ser paciente con la pinche gorda que estorba en la puerta del metro, caminar dos cuadras en lugar de ir en automóvil, comprender al ojete del chofer que no detiene la pecera para que las señoras y los niños bajen con seguridad, decir “buenos días” y “gracias”, no pensar en que fulmine un rayo al policía que extorsiona mientras se hace el disimulado con los que violan la ley en sus narices; para ceder el paso y el asiento; para procurar entender a jueces que dicen estupideces para justificar su falta de integridad cuando defienden lo indefendible; también, para no sacarse los mocos, para seguir creyendo en los santos varones: en los que juran y perjuran de complots y en los que amagan con agitar las conciencias para defender su falta de prudencia; para hacer la cena y lavar los platos...
Resumiendo pues, para hacer pequeñas mejoras e intentar no perder la paciencia por cualquier nimia tarugada, para alcanzar el nirvana citadino y realizar con humildad franciscana y disciplina espartana todas esas cosas que lo que hacemos todos los días provoca que no hagamos.
Y, yo no sé, pero cuando veo esos listados, me parece que para muchos la fórmula para mejorar sustancialmente sus vidas se reduce a dejar de vivir como no quieren y en cesar de querer lo que no viven.
Diría mi padre: ‘tá fácil...
Para intentar ser mejores padres, o madres, hermanos, amigos o hijos (aunque sea de la tiznada). Para proponerse trabajar con mayor ahínco, llegar a tiempo, decir la verdad, cuidar la salud, seguir las indicaciones del médico, no gritar en la calle, no mentarle la madre al pentonto que se nos atraviesa en el coche, dejar buenas propinas, ser paciente con la pinche gorda que estorba en la puerta del metro, caminar dos cuadras en lugar de ir en automóvil, comprender al ojete del chofer que no detiene la pecera para que las señoras y los niños bajen con seguridad, decir “buenos días” y “gracias”, no pensar en que fulmine un rayo al policía que extorsiona mientras se hace el disimulado con los que violan la ley en sus narices; para ceder el paso y el asiento; para procurar entender a jueces que dicen estupideces para justificar su falta de integridad cuando defienden lo indefendible; también, para no sacarse los mocos, para seguir creyendo en los santos varones: en los que juran y perjuran de complots y en los que amagan con agitar las conciencias para defender su falta de prudencia; para hacer la cena y lavar los platos...
Resumiendo pues, para hacer pequeñas mejoras e intentar no perder la paciencia por cualquier nimia tarugada, para alcanzar el nirvana citadino y realizar con humildad franciscana y disciplina espartana todas esas cosas que lo que hacemos todos los días provoca que no hagamos.
Y, yo no sé, pero cuando veo esos listados, me parece que para muchos la fórmula para mejorar sustancialmente sus vidas se reduce a dejar de vivir como no quieren y en cesar de querer lo que no viven.
Diría mi padre: ‘tá fácil...
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